
Un chico puede olvidarse de una clase, de una fotocopia y hasta de quién estaba frente al pizarrón. Lo que quizás recuerde, mucho tiempo después, es otra cosa: que puede decir “no”, que una situación que le da miedo o lo incomoda puede contarse, o que hay personas adultas a las que se puede pedir ayuda.
Ahí empieza a entenderse para qué sirve la Educación Sexual Integral.
Un dato del Ministerio Público Tutelar de la Ciudad de Buenos Aires ayuda a verlo con claridad. Entre el 70 % y el 80 % de adolescentes de 12 a 14 años entrevistados por situaciones de abuso pudieron comprender, después de haber recibido ESI, que aquello que habían vivido había sido abusivo. La cifra corresponde a un grupo específico atendido por ese organismo, así que no puede tomarse como una estadística de toda la Argentina. Pero muestra algo concreto: para reconocer una violencia hace falta contar con palabras, referencias y conocimientos que permitan entender qué está pasando.
Muchas veces, cuando se habla de ESI, aparece enseguida una preocupación: “¿No son demasiado chicos para hablar de estos temas?”. La pregunta es lógica si se piensa que la ESI consiste en explicar relaciones sexuales desde el jardín. Pero no es eso lo que se propone.En el nivel inicial se trabaja con cuestiones mucho más básicas: conocer el propio cuerpo, reconocer emociones, aprender hábitos de cuidado, entender qué significa la intimidad y distinguir entre una interacción física que resulta agradable y otra que genera rechazo o incomodidad. También se enseña que un chico puede pedir ayuda, que tiene derecho a decir que no y que nadie debería obligarlo a guardar secretos que lo hagan sentir mal, asustado o confundido. Eso no es “sexualizar la infancia”. Es enseñar cuidado y autoprotección.
En la primaria, esos aprendizajes se amplían. Se habla de los cambios del cuerpo, la pubertad, los afectos, los vínculos, el respeto por la intimidad propia y ajena, el buen trato, los derechos de niños y niñas, los estereotipos y la prevención del abuso. Más adelante se incorporan temas vinculados con reproducción, embarazo, infecciones de transmisión sexual y prevención. También aparecen situaciones propias del mundo actual, como el grooming y otras formas de violencia digital.
En la secundaria, cuando los vínculos afectivos y la sexualidad empiezan a formar parte de manera mucho más concreta de la vida adolescente, los contenidos se profundizan. Se trabaja sobre consentimiento, anticoncepción, embarazo, infecciones de transmisión sexual, violencia en las relaciones, presiones entre pares, toma de decisiones y seguridad en entornos digitales. Nadie enseña lo mismo a los cinco que a los quince años. La OMS define la educación sexual integral como un aprendizaje progresivo y adecuado al desarrollo. En las primeras edades se habla de cuerpo, emociones, respeto, límites y seguridad. Con el crecimiento aparecen contenidos más complejos.
Otra objeción muy repetida es que hablar de sexualidad puede hacer que chicos y chicas empiecen antes a tener relaciones. La evidencia disponible no respalda esa idea. La Organización Mundial de la Salud señala que los programas de ESI de calidad no aumentan la actividad sexual ni las conductas de riesgo. En cambio, mejoran conocimientos y conductas de protección y, en algunos estudios, aparecen asociados a un inicio más tardío de las relaciones sexuales y a un mayor uso de anticonceptivos. La comparación con la seguridad vial ayuda a entenderlo. Explicar a un chico cómo cruzar una avenida no despierta en él el deseo de correr entre los autos. Le permite desenvolverse mejor en una realidad que ya existe. Con la sexualidad pasa algo parecido. La escuela no crea la pubertad, las relaciones, las redes sociales, la presión del grupo ni los riesgos de abuso. Todo eso existe antes de que alguien lo explique. La diferencia está en si chicos y chicas llegan a esas situaciones sabiendo reconocer un problema, poner un límite o pedir ayuda.
También se escucha mucho que “son demasiado chicos para hablar de consentimiento”. Todo depende de qué entendamos por esa palabra. A un chico de jardín no se le explica consentimiento como a un adolescente. Puede aprender algo mucho más simple: que su cuerpo merece respeto, que no está obligado a aceptar un contacto físico que lo incomoda y que puede recurrir a una persona adulta de confianza si algo lo hace sentir mal. Más adelante podrá comprender situaciones más complejas. Pero ese aprendizaje inicial importa porque nadie puede defender un límite que nunca aprendió a reconocer.
La familia tiene, por supuesto, un lugar central. La propia Ley 26.150 establece la necesidad de acercar escuela y familia, y los materiales del programa nacional reconocen a las familias como un espacio fundamental de formación. El problema aparece cuando se plantea que, por eso, la escuela no debería intervenir. No todos los chicos reciben en sus hogares la misma información. Y en algunas situaciones, justamente, la persona adulta a la que necesitan recurrir puede no estar dentro de la casa. Pensemos en un adolescente que empieza a recibir pedidos de fotografías íntimas de alguien con quien juega online. UNICEF advierte que el grooming suele comenzar mediante estrategias de confianza y manipulación. Saber reconocer esa situación, no enviar material, conservar pruebas y pedir ayuda puede marcar una diferencia. La escuela no reemplaza a la familia. Tampoco la familia puede cubrir todo lo que ocurre en la vida escolar, social y digital de un chico. Cuando ambos espacios trabajan en la misma dirección, se amplían las posibilidades de cuidado.
Otra frase que aparece con frecuencia es que “la ESI es ideología”. En este punto conviene mirar qué dice efectivamente la ley. La Ley 26.150, vigente desde 2006, establece que la Educación Sexual Integral debe abordar aspectos biológicos, psicológicos, sociales, afectivos y éticos. Entre sus objetivos figuran transmitir información precisa, promover actitudes responsables, prevenir problemas relacionados con la salud y procurar igualdad de trato y oportunidades. Claro que una ley escrita no garantiza por sí sola una buena clase. Para que esos objetivos se conviertan en aprendizajes reales hacen falta docentes formados, materiales adecuados, planificación y acompañamiento institucional.
Y también hace falta diálogo con las familias. Preguntar qué contenidos se enseñan, cómo se adaptan a cada edad o qué materiales se utilizan es completamente razonable. Lo que no ayuda es discutir sobre una versión de la ESI que no coincide con lo que realmente establecen la ley, los lineamientos educativos y la evidencia científica.
Tal vez años después nadie recuerde que aquello se llamaba ESI. Pero una adolescente puede recordar que los celos no justifican que su pareja le revise el celular. Un chico puede entender que el adulto que conoció jugando online no tiene derecho a pedirle fotos íntimas. Una nena puede saber que un secreto que la asusta se puede contar. Otro adolescente puede animarse a decir “no quiero”. Ninguna clase puede garantizar que un chico nunca atraviese una situación de violencia. La ESI tampoco reemplaza a una familia que escucha, a una escuela responsable, a un sistema de salud accesible ni a las instituciones que deben proteger a la infancia. Puede hacer algo más concreto: ayudar a reconocer lo que está pasando antes de que el miedo, la presión o la confusión silencien la situación.
Quizás nadie recuerde aquella clase.
Hasta el día que la necesita.
